Hoy inicia la Semana Santa, hoy nos preparamos para vivirla con gratitud y devoción sincera; hoy recordamos que nuestro Señor Jesucristo no solamente entró triunfante y humilde a Jerusalén; hoy también debemos permitir que el Salvador entre a nuestras vidas, a nuestro corazón.
Meditemos en lo que sucedió hace tantos años atrás y cómo es que ese hermoso suceso afecta nuestras vidas en éste tiempo.
El primer detalle que encontramos en el evangelio es que Jesús envía a sus discípulos a un pueblo para pedirles que le traigan un burrito que nadie ha montado; nuestro Señor debe entrar a la ciudad de Jerusalén montado en ese animalito por varias razones.
Primero: Él tiene un corazón muy humilde y es humilde en todas sus acciones y en todas sus vivencias, gran enseñanza para nosotros hoy, siendo el más grande de los reyes, el Señor de señores, entra en Jerusalén con la grandeza que da la sencillez y la humildad. Aprendamos de Jesús, nuestro Señor a hacer las cosas sin alarde, sin buscar la grandeza vana del orgullo y hagamos todo con sencillez.
Segundo: nuestro Señor entró montado en un burrito por obediencia, Dios nuestro Padre ya había anunciado mucho antes como debía entrar el Señor a Jerusalén, lo anunció mediante el profeta Zacarías (lean Zacarías 9:9 un momento) Nuestro Señor tenía que cumplir con lo que ya se había anunciado de Él; Jesús nunca fue en contra de la Palabra de Dios, su Padre; todo lo contrario, Él nos ha dado muchos ejemplos de obediencia que todos debemos aprender.
Tercero: Él pudo haber entrado en un caballo, pero generalmente el caballo lo usaban los soldados, los militares que dominaban, asustaban y mostraban su poder por la fuerza. Cristo no vino de esa manera al mundo, desde su nacimiento en un pesebre Jesús siempre optó por la sencillez, aún mereciéndolo todo, aún siendo visto en toda su grandeza. Él se aferró a lo sencillo, entró en un burrito para darnos salvación.
Recibamos a Cristo éste día de manera especial, recibamos a Cristo todos los días, digamos desde el fondo de nuestro corazón:
¡Bendito el rey que viene en el nombre del Señor!
¡Paz en el cielo y gloria en las alturas!
Que toda alabanza salga hoy de nuestros labios, no nos callemos, si lo hacemos la naturaleza entera lo alaba, porque hasta las piedras gritarían si nosotros nos callamos.
Hermanos y hermanas ¡bendito sea ese rey de nuestras vidas! ¡Bienvenido sea!
Un abrazo

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